Conocer-ser

Décimo Tercera | 23 de marzo de 2020
Hola Gutz,   

Estoy muy de acuerdo contigo, este es un año caótico, de crisis, estoy exhausto, desequilibrado y muy disperso. Pero también es un año de cambio, de confrontación, de crecimiento. No obstante, la dificultad que esto representa,  no le quita lo bello a la situación.
Sobre el parágrafo 27 de Ser y Tiempo de Heidegger, muchas cosas que decir. Desde el diseño y desde nuestras vidas.
               A lo largo de las dos últimas cartas que te he escrito, he intentado esclarecer preguntas sobre la esencia de nosotros mismos, quienes somos, nuestros deseos y virtudes. Esencia que puede estar dada o determinada por lo que me viene bien, íntima y distinta en cada uno de nosotros. Sin embargo, este trabajo de descubrir quienes somos, no cobra ningún sentido si no es contrastado con nuestro modo de ser en lo público, la forma en la que fácticamente convivimos con el mundo, con otras personas. Nuestro modo de ser real, hoy. El panorama puede ser completamente distinto, entre quien deseo ser y quien soy con los demás. ¿Por qué?
               El ser con los demás, según Heidegger está definido por la distancia que guardamos con cada uno, las relaciones de dominio que ejercemos o a las que nos sometemos, la distancialidad. Que, en lo que se refiere al Dasein, “cuanto más es inadvertido este modo de ser, tanto más originaria y tenazmente opera en él” (p. 130) Sin darme cuenta, en la cotidianidad, acepto el dominio del otro.
Primero, quiero detenerme en el modo de establecer distancialidad desde el dominio. En definitiva, es el modo en el que hoy nos vivimos, en el que yo me vivo desde una masculinidad hegemónica. Sigo y seguiré trayendo el tema a colación pues es lo que hoy me interpela, es lo que uno debe cuestionarse. Desde pequeño aprendí a ejercer poder sobre otros, cuidando a mi hermano y hermanas, compitiendo con mis amigos y en muchas otras dinámicas, el ser más que los demás parecía un buen parámetro, me ayudó a crecer. El problema es que de este modo el valor de mi ser, en la facticidad, está dado en función del otro, yo valgo en tanto valga más que tú. Mi poder se define en cuanto ejerzo más poder sobre más personas. En el sexismo esto violenta sin cuidado a quien en él se encuentre, es una cultura de dominio en donde los roles están definidos por el género. La masculinidad está definida en comparación y dominio de otras masculinidades, literalmente “quien la tiene más grande”, así como en la capacidad de ejercer poder sobre las mujeres o tu familia. Si yo no domino a alguien, si no soy más que el otro, ¿Quién soy?
 Por otro lado, el sexismo está profundamente ligado a la cultura de consumo, ambos hijos de las relaciones de dominio. El valor de cada uno, es en realidad, la supremacía de cada uno, la cual está dada por la cantidad de cosas que se consumen en función de lo que el otro consume, tener más que los demás. Esta necesidad de ser y tener más que el otro, de dominar, no solo es muy cansada y angustiante para uno mismo, sino que no se preocupa por nada fuera del propio poder, la explotación de recursos, el deterioro ambiental, la carencia y sufrimiento de otros, pasan a segundo plano. Es impresionante como tantos problemas sociales pueden ser atribuidos al modo de establecer relación con otros desde el dominio. Ante esto me es inevitable no preguntarme si es que no existe otro modo posible de establecer distancia con otras personas. ¿Es acaso el dominio la única condición de posibilidad de las relaciones entre personas?


En segundo lugar, quiero hondar en lo que cada uno debe ser, el quién del Dasein en el convivir, el uno, que despliega una autentica dictadura sigilosa prescribiendo el modo de ser en la cotidianeidad. En estos días creo que el uno se hace presente más de lo habitual, en plena cuarentena. Actuamos como se debe actuar, Netflix, stories, ejercicio, dibujo, cocina: existe toda una receta para cuarentenear como se debe. Y aunque pierdo mucho tiempo scrolleando en Netflix para encontrar una serie, me rehusó tajantemente a ver Élite, la trama es algo que no me interesa en lo absoluto, pero sobre todo por que es lo que se supone que vea, lo que todos ven. Lo evito sin darme cuenta que estar inmerso en Netflix screolleando sin sentido, es de facto lo que uno hace en la cuarentena. Y, la verdad, no está del todo mal.
No me espanta en demasía lo que uno es, el dominio que pueda ejercer en mí para actuar como se actúa. Así como puede ser una masculinidad hegemónica, puede también significar la deconstrucción de la misma, pues es lo que hoy uno hace. El alivianamiento del ser es sin duda benéfica para la existencia, tener Netflix, cocina, recetas que no debo pensar para alivianar la cuarentena es un descanso. Vivir siempre en la autenticidad es seguramente agotador. En todo caso, lo que me parece más terrible de las estructuras del uno es la nivelación, no lo que en el uno hago, sino lo que dejo de hacer, lo que pierdo. “Toda preeminencia queda silenciosamente nivelada. Todo lo originario se torna de la noche a la mañana banal, cual si fuera cosa ya largo tiempo conocida. Todo lo laboriosamente conquistado se vuelve trivial. Todo misterio pierde su fuerza… la nivelación de todas las posibilidades de ser” (p. 131)
Me parece terrible perder todo anhelo, misterio, logro y valor. La nivelación aniquila la diversidad, la posibilidad. Si, según Heidegger, el ser es condición pura de posibilidad, la nivelación atenta directamente contra la persona, con su existir. Sé que Heidegger no imprime un juicio de valor, solo evidencia las estructuras existenciales que operan en el ser; sin embargo, esta específicamente me parece terrible. El actuar como el uno, creo que es más sencillo de percibir, pero identificar lo que dejamos de hacer y ser por perder el valor en la acción pues ya ha sido actuada por el uno, es a mi parecer mucho más difícil.
En fin, si el uno no es algo nocivo para el ser, sino solo un existencial esencial del mismo, ¿Por qué nos parece tan desconcertante vivir de manera impropia? Entiendo perfectamente que te resistas a realizar una tarea que ya pensabas realizar solo porque tu mamá lo solicito, me pasa igual, de verdad me identifico, en cuanto alguien me ordena o incluso sugiere que haga algo, pierde el valor de lo propio, la resistencia a obedecer surge. Pero, ¿por qué? ¿Te sientes realmente mal por no haber ido a la marcha? O ¿te sientes mal, pero por haber sido influenciada por falsas expectativas? Lo que nos mantiene abrumados no es aceptar el control que el uno ejerce sobre nosotros, sino que no existe un consentimiento y sobre todo que no existe una conciencia que posibilite un criterio. La sigilosa facilidad con la que el uno puede hacerse cargo de todo, no es en sí preocupante, el que se haga cargo de cosas es de hecho favorable. Lo preocupante es el modo sigiloso, la seducción casi imperceptible con la que escudriña nuestro ser y nos domina sin nuestro consentimiento. Retomo el fragmento del texto que cité anteriormente, “cuanto más es inadvertido este modo de ser, tanto más originaria y tenazmente opera en él” Esto es posible debido a la ignorancia, a no conocer los modos en los que el uno opera en nosotros. Para vivir como nos venga bien, el conocimiento es sin duda la condición que lo posibilita. Conocimiento que resulta en la criticidad para poder elegir cada vez en mayor medida que dejamos al uno y qué dejamos para nosotros. Conocer cómo opera el uno en nuestra vida no para separarnos de él, sino para hacer de nuestra vida una extensión consciente e individual del mismo hacia donde nos plazca. “El modo propio de ser-sí-mismo no consiste en un estado excepcional de un sujeto, desprendido del uno, sino que es una modificación extentiva del uno entendido como un existencial esencial.”
El trabajo de descubrir cómo se aproxima para mí el mundo, de observar cómo se devela ante mi propio modo de ser, debe ser contrastado con el conocimiento de los modos en los que el uno opera en mi vida, resultando en la criticidad para ir y venir entre la propiedad e impropiedad.

Te mando un abrazo Gutz