Sobre deseos, esencia y sufrimiento

Muy estimado Chema,

Comprendo el sentimiento de desmotivación del que me hablas, y lo comparto, de hecho, pero por razones diferentes. Un gran amigo mío fue se fue a vivir a otro continente por tiempo indeterminado el día de ayer, y aunque estamos acostumbrados a hablar (casi) todos los días por mensaje, no sé si lo volveré a ver, y eso a mí me genera angustia, muchísima. Solo hablar de esto me hace querer llorar, pero si tengo que llorar mientras te escribo sobre lo que siento, lo haré. No se si ya te había contado de él. Si no lo había hecho, te cuento; si sí lo había hecho, pues te vuelvo a contar. Se trata de mi amigo Iñaki, a quien conocí en mi proyecto de servicio social en agosto, y con quien tomé la materia (de servicio social) que la universidad nos obliga a cursar. Aunque no lo conozco desde hace mucho tiempo, los dos siempre supimos que hicimos clic en el momento en el que comenzamos a platicar, y puedo decirte hoy en día que es de las personas en las que más confío, uno de los mejores amigos que he tenido. Le he contado muchas cosas de mí que no son fáciles de escuchar, cosas que no me atrevería a contarle a cualquier persona, y siempre ha estado dispuesto a escucharme y apoyarme sin ningún tipo de juicios, entendiendo que muchas de esas cosas no fueron fáciles para mí tampoco. Me ha demostrado en los seis meses que llevamos de conocernos lo que significa ser un amigo, y yo aspiro a ser tan buena amiga como lo es él. Te cuento esto con un nudo en la garganta, no sé cuántas veces tenga que llorar para sacar toda la angustia y tristeza que siento con respecto a esto.
     Si yo no hubiera decidido sumergirme, utilizando el término que utilizaste tú, en esta amistad, lo más seguro es que no estaría sintiéndome de esta manera ante esta situación, o quizás nunca me habría enterado de que Iñaki se iba, para empezar. Sin embargo, supe que era una amistad que valía la pena, una amistad de la que podía obtener más cosas positivas que negativas, una amistad que nos sumaría a los dos. Y creo que tienes razón, el sufrimiento es proporcional a lo sumergidos que nos encontramos en las situaciones, ya sea la vida o, en mi caso, la amistad, y proporcional al amor. Aunque el cariño que le tengo no es un cariño romántico, sino un cariño meramente fraternal, es un cariño que se ha desarrollado profundamente, que ocasiona que hoy yo sufra por su ausencia.
     Tampoco ayuda que lo único que escuché hoy fue "1979" de The Smashing Pumpkins, una canción bastante melancólica, y "Notion" de Tash Sultana, una de las canciones favoritas de Iñaki. Creo que esto ya raya en el masoquismo (*risa nerviosa*).
     Regresando a tu carta, hay que recordar que nuestra esencia cambia constantemente. Tu no eres lo que eras ayer, o antier, o la semana pasada, o en enero. Junto con esta esencia cambian nuestros deseos, y muchas veces el cambio radical de estos deseos nos hace mucho ruido. ¿Por qué queremos algo que no va con nosotros? Por un momento, aunque fuera breve, nuestra esencia cambió, y por ende, nuestros deseos también. Seguro recordarás cuando Fanny nos preguntó que si todo lo que consumíamos combinaba con nuestra vida. Yo dije que no, y sigo pensando que no, pero por razones diferentes. Aquello que consumimos en ese momento combina con nuestra esencia de ese segundo preciso, pero cuando esa esencia se transforma, dicho objeto ya no combina con la esencia actual. Como había mencionado Nietzsche (aunque ya no estemos hablando de él, sino de Heidegger), somos un producto de todo lo que nos ha pasado, y la suma de todas nuestras esencias pasadas explica todos los productos que hemos consumido. También explica por qué nos deshacemos de dichos productos. "Ya no va conmigo", efectivamente, ya no va con nuestra esencia actual, ni está cerca de ésta.
     Estoy hablando de los deseos superficiales, como les llamas tú. Ahora quiero hablar de los deseos profundos. Creo que esos deseos son una suma de sentimiento y lógica, son deseos mucho más elaborados, mucho más procesados y racionalizados. Por ejemplo, una de mis pasiones más grandes, si no es que la más, es la repostería. Es una actividad que realmente me enamora, como dices, sin embargo, me asusta. Muchas veces reprimo esa pasión, me niego a seguirla a full por miedo a no ser lo que esperaba, por miedo a cansarme de ella o solamente por miedo al fracaso. Creo que muchas veces nos escondemos esas pasiones de nosotros mismos, o sabemos que tenemos una potencial pasión que nos negamos a explorar a toda costa, por miedo. También habrá momentos en los que nos enojemos con esa pasión, no por la actividad en sí, sino por todo lo que conlleva. En mi caso, la repostería, hay momentos en los que ya no quiero cocinar, ya sea porque me abrumo, porque no está resultando como yo quería (como cuando mis galletas se queman), o los clientes no respetan las especificaciones que les pongo. Como quiera, es la actividad que más feliz me hace, es mi pasión.
     Chema, Iñaki que acaba de escribir, y aunque estoy emocionada por la increíble experiencia que está por vivir, no puedo evitar estar triste, y no puedo evitar pensar en toda esta situación y en lo triste que estoy (por más redundante que suene). Pasaré directamente a la pregunta que quiero hacerte: ¿por qué crees que todo lo que consumimos  combina con nosotros?

Te mando un abrazo, y espero que me mandes uno a mí,
Gutz.