Sobre el Sr. Capitalismo

Chema,

Como siempre, te contaré primero sobre mi sentir personal, y posteriormente hablaré sobre mi pensar en cuanto a filosofía. Chema, estoy harta. No de la cuarentena, no. Cada vez me acostumbro más a estar encerrada, cada vez encuentro más cosas que hacer, y cada vez aprendo mejor a relajarme cuando no tengo más que hacer. Como hemos comentado, estamos muy acostumbrados a hacer cosas, a poder hacer cosas (sociedad del cansancio), muchas veces nos olvidamos de relajarnos. Estamos tan expuestos a estímulos que siempre buscamos cosas que hacer, incluso cuando no queremos hacer nada. No hacer nada puede significar dibujar, cocinar, ver una serie, pero esto resulta en una contradicción. ¿Qué significa realmente no hacer nada? No hacer nada. Nada. Tumbarnos a estar, vivir el momento, dejar que nuestra mente fluya libremente, sin guía ni límite. Creo que éste es un buen momento para aprender a relajarnos, nos quejamos tanto de que estamos aburridos, así que no podemos decir que no tenemos tiempo. ¿De qué estoy harta entonces? De la clase de proceso artístico. Mi relación con esa clase es como la relación entre Ross y Rachel en Friends, la amo y la odio. Es confuso, y entiendo que para Caro debe ser muy difícil enseñar una materia artística práctica a distancia, sin embargo, siento que me ahogo. Comenzaré por la bitácora artística, una bitácora en la que nosotros deberíamos registrar nuestros pensamientos, nuestras inspiraciones, todo aquello que se vuelva parte de nuestro proceso como artistas, es una asignación completamente subjetiva, pues yo, Gutz, tendré un proceso diferente al tuyo, Chema, y Ren tendrá un proceso diferente a los nuestros. Sin embargo, hay forma de que nuestras bitácoras estén hechas incorrectamente. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede ser que no registré mi inspiración como lo debí haber hecho? "Hazla como tú quieras, es libre... pero así está mal," no tiene sentido. El segundo punto es el proyecto final, el bendito proyecto final. No sabemos ni de qué se trata, y ya quiere comenzar a darnos asesorías personales, comentando el tema que queremos abordar para éste. ¿Cómo se supone que sepa de qué quiero hablar si ni siquiera sé qué es lo que tengo que hacer? No lo sé, todo mal. Estoy harta.
     Me gustaría retomar la parte en la que mencioné que estamos acostumbrados a hacer cosas y no sabemos relajarnos. Vivimos en una sociedad en la que somos juzgados si no hacemos algo, incluso por cinco minutos. Si no aprovechamos el 100% de nuestro tiempo, somos un flojos buenos para nada. Incluso cuando no tenemos nada que hacer en todo el día, como suele pasar en las vacaciones, somos regañados por nuestros padres por levantarnos tarde de la cama. Así que nos vemos obligados a levantarnos a las 9 de la mañana (para mí eso es temprano, lo siento), bañarnos, y hacer nada después de eso, pero eso sí, ya bañados y vestidos. Relajarnos significa hacer algo productivo que no esté relacionado a nuestro trabajo o escuela, e incluso en momentos de aburrimiento total, decidimos hacer cosas que sí estén relacionadas a nuestro trabajo o escuela, ante la falta de actividades que llenen nuestro tiempo. ¿Por qué ver una película es de flojos, pero ver una película mientras tejemos está bien?
     La única persona a la que se le puede culpar por esto es el Sr. Capitalismo, aquel que nos lava el cerebro y nos obliga a obligarnos a nosotros mismos a maximizar nuestra eficiencia, utilizar el 100% de nuestro tiempo. Para el Sr. Capitalismo, el tiempo es dinero, y si decidimos emplear parte de ese tiempo para relajarnos, destinarlo al ocio, estamos tirándolo por la ventana. Para el Sr. Capitalismo, la salud personal, física y mental, no son tan importantes como la productividad, recordemos: el tiempo es dinero. Es curioso cómo el Sr. Capitalismo no se para frente a nosotros para regañarnos sobre el uso que le damos únicamente al 95% de nuestro tiempo en vez de al 100%, sino que nos ha enseñado desde el inicio a sentirnos mal por nuestra cuenta. Sucede algo parecido con mis calificaciones. Cuando yo era chica, mis papás me exigían nueves y dieces en todas mis materias, y un ocho significaba un desempeño pobre, mediocre. Yo estudiaba y estudiaba para evitar que mis papás me regañaran por no ser mejor que el promedio, era por miedo más que por ambición personal. Eventualmente, mis papás dejaron de exigirme, porque sabían que me habían lavado tan bien la cabeza que la persona que más me exigía era yo misma. Para finales de secundaria y preparatoria, yo me empujaba a mí misma a obtener los dieces que yo sabía que podía conseguir y que pensaba que merecía por todos mis esfuerzos. Era estresante.
   Al final, todos esos esfuerzos tuvieron recompensas, me dieron becas de excelencia especialmente, pero todo esto tenía su lado negativo. Yo sola había alzado la vara, la expectativa de mis calificaciones, tan alto que todas las personas a mi alrededor se decepcionarían del desempeño mediocre que yo fuera a tener en un momento dado, al igual que mis papás cuando yo iba en primaria. Durante la carrera, decidí librarme de esas obligaciones (en parte). ¿Un ocho? ¿A quién le importa? Mucho tiene que ver con que finalmente me encontré a personas que son mucho mejores que yo en muchos aspectos, y en vez de verlos con ojos de rencor y envidia, los comencé a ver con potencial. Finalmente, el diseño no es una disciplina en la que trabajemos solos, sino que siempre somos parte de un equipo, y esas personas que son mejores que yo en dichos aspectos entenderán que yo soy mejor que ellas en otros, y podremos complementarnos para hacer un equipo integral que mezcle todas nuestras fortalezas y reduzca nuestras debilidades. Otra razón por la cual decidí no preocuparme tanto por mis calificaciones fue el hecho de que en primer semestre estuve cerca de reprobar una materia, Taller de Diseño Industrial, con nuestro queridísimo Canchola (nota el sarcasmo, sé que muchas personas sí lo quieren, pero yo definitivamente no soy una de ellas). Me gusta recordar el momento en que saqué cero en el examen final. Cero, redondo como los barrenos que hicimos en nuestra caja de herramientas, cero, como cuando te preguntan varias cosas y no contestas ni una sola, cero. ¿Sabes qué dije al final? Nada. Me valió queso. Finalmente tuve de calificación semestral 6.6, lo cual redondeaba a 7, lo cual me hizo brincar de la felicidad, sin exageración. Ahí fue cuando me di cuenta de que no soy esclava de los números que los maestros decidan que reflejan mi desempeño. Sin embargo, la universidad sí me exige que mantenga un promedio mínimo de 9 para poder conservar mi beca, pero cada vez me preocupa menos, y de alguna forma he podido conservarlo durante los 4 años de licenciatura.
     Es curioso como el "hacer por hacer" tiene una connotación negativa en nuestra forma de pensar colectiva. Mi mamá me dice, "no compres por comprar", sin embargo, Aristóteles probablemente diría, "le gustó tanto que pagó por obtenerlo", lo cual tiene mucho más valor que comprar ese algo para poder hacer otra cosa. Un ejemplo de esto serían las tarjetas de sellos en cafeterías como Cielito Querido Café. Nos dan una tarjeta de sellos, nos dicen que tenemos cinco semanas para juntar ocho sellos y poder obtener una bebida gratis si llenamos la tarjeta. Entonces vamos a Cielito y compramos un café, bum, nos ponen un sello. Pasan cuatro semanas, tenemos apenas cinco sellos, y la tarjeta expira en una semana. Aún nos faltan tres sellos, ¿qué hacemos? Vamos a Cielito tres veces en la misma semana a comprar bebidas que probablemente ni siquiera habríamos comprado de no tener la tarjeta, únicamente para que nos pongan los tres sellos faltantes y podamos tener nuestra bebida gratis, que también consumiremos para evitar que se desperdicie. Las primeras cinco bebidas equivalieron a la praxis (compré café porque quise tomar café), pero las últimas tres, y la bebida gratis, equivalieron a la poiesis (compré café para que me sellaran mi tarjeta y me regalaran mi bebida, y consumí la bebida para que no se desperdiciara el cupón de bebida gratis).
     Chema, sé que probablemente no respondas esta carta y que sea la última de nuestro intercambio antes de nuestras conclusiones personales, por lo cual no te plantearé una pregunta específica, sino que te invitaré a reflexionar y, si quieres, podemos comentarlo cuando esta cuarentena termine y podamos vernos para cotorrear, no sin antes darnos un fuerte abrazo. Sabemos que el Sr. Capitalismo es un hombre egoísta que se disfraza de un hombre generoso, parecido al personaje de Pinocho el Honrado Juan. Nos hace pensar que podemos tenerlo todo, de hecho, nos da las cosas en las manos, pero el precio que tendremos que pagar posteriormente será caro. Estados Unidos, la cuna del capitalismo, la tierra de los libres, el origen de las oportunidades. Cualquier persona puede estudiar en sus prestigiosas universidades, incluso los bancos te dan créditos para que puedas cumplir tu sueño de estudiar una licenciatura, qué generosos. ¿Dónde está la trampa? Los estudiantes terminan con una deuda de millones de dólares que probablemente nunca puedan saldar, viven endeudados, gran parte del dinero que ganen se irá a los bancos. Es paradójico, ya que debes tener una educación universitaria para poder ganar dinero que utilizarás para pagar esa educación universitaria. El Sr. Capitalismo nos explota como trabajadores y como consumidores, nos dice que estamos tan cerca pero a la vez tan lejos de tenerlo todo. Nos hace perder la cabeza, es tan impredecible que hace que nosotros mismos seamos impredecibles. Sin embargo, es el paraíso, si el Sr. Capitalismo se fuera de un día para otro, tendríamos ganas de morir. ¿O no?

Te mando muchos apapachos,
Gutz.

P.D.: me gustaría también comentar rápidamente el concepto de "gratis", y por qué nos atrae tanto. Es la máxima expresión de la maximización, donde hicimos más con menos. Mejor dicho, obtuvimos algo con nada. Pero, si nos pusiéramos a pensar sobre todo lo que tuvimos que haber hecho, o lo que tendremos que hacer posteriormente, para que ese algo sea gratis, ¿realmente es gratis?