Sobre las enseñanzas de Dos Mil

Mi buen Chema,

Encontré el secreto para soportar esta cuarentena, o el secreto para mí por lo menos: hobbies. Sé que suena muy obvio, evidentemente todos tenemos pasatiempos para nuestros ratos libres, el truco está en aprender uno nuevo. Yo empecé a aprender ilustración, y eso me dio la esperanza que había perdido cuando nos avisaron que teníamos que quedarnos en casa, me dio motivación, me dio algo que esperar con ansias a corto plazo. Si tengo que hacer tarea, trato de hacerla lo más rápido y eficientemente posible para poder seguir con mi nuevo pasatiempo cuando termine. Entro en un estado de flow, y mientras habían pasado semanas en las que yo estaba en un estado de entumecimiento emocional, sin poder ser sorprendida o asombrada por nada (incluso cuando nos dijeron que el semestre terminaría en línea, lo cual significaba que mis clases en la IBERO habían terminado oficialmente, y que nunca volvería a pisar un salón de clases durante mi licenciatura, o que no podría despedirme de mis compañeros porque seguramente no volveré a ver a muchos de ellos jamás, o sea, que el fin del mejor periodo de mi vida había llegado de forma prematura y abrupta, no sentí la profunda tristeza que siento que debería haber sentido), no puedo esperar a seguir practicando para finalmente convertirme en buena. Así que, Chema, aprende un nuevo pasatiempo. Te va a hacer bien.
     Te voy a contar sobre una de las personas que más influenciaron mi vida, y de las que más admiro, y te explicaré por qué, aunque es posible que esa explicación quede de más. Prefiero que esta persona quede en el anonimato, por lo cual no usaré su nombre real, sino que le llamaré Dos Mil. Espero que no sea muy confuso.
   Conocí a Dos Mil en la universidad, mera coincidencia. Al vernos por primera vez, supe que valdría la pena conocerlo, supe que algo bueno me dejaría. Algunas semanas después comenzamos a llevarnos, resultó que era una persona muy parecida a mí, claro que diferente en algunos aspectos. Era una persona sin miedo, era una persona que había pasado por tantas cosas, cosas que nunca quiso expresarme pero dio a entender implícitamente, que estoy segura de que vivía por sí mismo, no por nadie más. La vida que llevaba en ese momento era una vida que había decidido llevar, era la persona que quería ser, sin temor a los juicios. Mientras que la mayoría de nosotros vivimos la mera vida, el vivía la buena vida. Dos Mil daba buena vibra, así de sencillo. Decía las cosas sin rodeos: aquello que le gustaba, le gustaba, y punto, y aquello que no, no. Sin embargo, nunca juzgaba a una persona porque le gustara aquello que a Dos Mil no le gustara. Dos Mil sabía lo que significaba ser diferente al resto, y ser rechazado por ello, así que aceptaba con los brazos abiertos a quien fuera diferente a él.
     Conforme nuestra amistad iba creciendo, yo aprendía cada vez más cosas de Dos Mil, y lo que más aprendí sobre él fue que era impredecible. Era espontáneo, era un alma libre, no como yo. Yo no soy espontánea, por lo menos no lo era cuando conocí a Dos Mil. Sin embargo, es una de las cosas que admiro de él, y de las cuales estoy tratando de imitar. Explicaré por qué posteriormente.
     Dos Mil hacía las cosas que quería sobre las cosas que debía hacer, y no me refiero a esto como un acto de irresponsabilidad o rebeldía, sino que si hacía algo era porque quería, hacía las cosas que le gustaba hacer. Muchas veces nos olvidamos de lo que queremos por cumplir las expectativas de las personas a nuestro alrededor, pero a Dos Mil no le importaba aquello que se esperara de él. No puedo imaginar forma más plena y libre de vivir. Dos Mil se acercaba mucho a la persona que yo siempre había querido ser, pero había reprimido por miedo a las opiniones ajenas. Aquí es donde explico la importancia de Dos Mil en mi vida.
     He llegado a pensar que si (de casualidad) existen las almas gemelas, Dos Mil es la mía, no en un sentido romántico o erótico (en el nuevo significado de la palabra), sino que siento que fuimos cosechados del mismo árbol. Dos Mil sacó a relucir aquella Gutz que estaba escondida dentro de mí, debajo de capas protectoras hechas con expectativas ajenas sobre mí, capas protectoras hechas con miedo. Finalmente, esa Gutz pudo empezar a salir (de forma gradual), yo se lo permití. Cuando digo que Dos Mil se parecía a la persona que yo quería ser, no hablo sobre forma de ser o de vestir, sino a su filosofía de vida. Ser yo misma, vivir sin miedo a lo que digan de mí. Eso es lo que le aprendí. Y aunque nuestro periodo de amistad fue corto, el impacto que Dos Mil tuvo en mí fue profundo, y muy probablemente permanente. A pesar de que actualmente yo soy una persona indiferente en la vida de Dos Mil, yo lo he recordado a él con nada más que agradecimiento y nostalgia, y es posible que nunca se me presente la oportunidad de decirle el impacto que tuvo en mi vida y, sobre todo, agradecerle, pero si Dos Mil está leyendo esto por puritita casualidad, quisiera darle las gracias por enseñarme a ser yo misma. Dos Mil, eres una persona sumamente chida.
     Durante nuestro periodo de amistad, retomé actividades que solían traerme alegría pero decidí en algún momento de mi vida dejar atrás por pena, por ejemplo, escribir canciones. Yo solía escribir canciones, muchas de ellas sin mucho sentido, y un día de inspiración tomé mi diario y comencé a escribir. Escribí canciones, poemas, versos solos. Lo importante de esto no es lo que escribí, sino el acto de escribir, el acto de hacer lo que me gusta, de retomar las actividades que tan feliz me hacían pero, por alguna razón, me daban vergüenza. Antes de que preguntes, no te mostraré las canciones que escribí, Chema.
     Desde ese momento, comencé a preocuparme por las cosas que a mí me gustaba hacer, las cosas que me harían ser yo misma, en vez de preocuparme por las cosas que las otras personas querían que yo hiciera. Comencé a usar el reloj de mi papá, me corté fleco (no el típico fleco que vemos que las niñas se están cortando en la cuarentena, sino el fleco discreto que tengo actualmente, tú lo has visto), comencé a abrazar todas aquellas peculiaridades sobre mí misma que antes me avergonzaban. Sí, soy la señora de las plantas. Sí, soy la repostera con miedo de acabar comiéndose todos sus productos. Sí, soy la diseñadora industrial que a veces, en lo profundo, piensa que debió haber estudiado diseño gráfico. Esa es Gutz, orgullosamente.
     Retomando el tema de mi nuevo hobbie, la ilustración, definitivamente creo que se apodera de mí esa fuerza de la que tanto hablábamos, esa que me hace salirme de mí misma, Eros. Es un golpe de energía a comparación de las semanas tan angustiantes, tan "aplastadoras" que hemos estado viviendo, llenas de un sentido de impotencia y enojo, enojo que no se puede dirigir a nadie, enojo hacia una situación, algo completamente abstracto, enojo que muchas veces no queda más remedio que reprimir. Te puedo decir que he caído, retomando a Nietzsche, en el nihilismo puro. Nada tiene sentido, nada vale la pena. Repito, el 2020 parece una de esas películas malas en las que los escritores no saben cómo ponerle chispa a la historia, así que se sacan de la manga una cantidad ridícula de situaciones casi impensables para mantener atrapada a la audiencia, pero en realidad la audiencia se cansa de tanta "jalada" y quita la película a los 30 minutos para ver Friends. Así es el 2020. Sin embargo, pude encontrar en esa película algo que tal vez me hace querer acabar de verla, a pesar de la mala historia que narra. Puede ser tal vez un personaje, la fotografía, en mi caso fue mi nuevo pasatiempo, el pasatiempo que más que hacerme no poder poder, me hace también no querer poder.
     ¿Cuándo fue la última vez que esta fuerza se apoderó de ti, Chema?

Te extraño,
Gutz.

P.D.: no me arrepiento de haber estudiado diseño industrial, aunque puede ser que no sea a lo que me dedique, obtuve conocimientos que jamás habría obtenido en otra carrera, y lo que tiene más valor son las personas que conocí, mi grupo de amigos con el que sé que puedo contar siempre, y el cual siempre podrá contar conmigo de igual forma. Los quiero, Chema. Ya, se acabó la hora cursi.